Estos días azules del otoño,
con caída de luces y de hojas,
está el campo cansado de aguantar
tanto sol del verano y la sequía.
Hay cansancio en el aire y en las ramas,
y en el hilo del agua que aún corre
en algunos arroyos y regatos.
Apenas recogidos los membrillos,
arrancan de la tierra los labriegos
azúcar en embrión de remolacha.
Las vacas en los prados amarillos
sestean sobre el heno, la otoñada
se está haciendo esperar por estos pagos.
Son los días azules del otoño,
en silencio de playas olvidadas,
con ecos de cristal de la vendimia.
Cuánta paz entre el cielo y las montañas,
y los niños que juegan en la plaza
a correr tras balones de inocencia.
Llamaradas de oro de los chopos
incendian el paisaje y las acacias
se desnudan de galas y de pájaros.
Está el bosque de pinos en penumbra,
y a sus pies los helechos se desprenden
del verdor y se tiñen de ocre y siena.
Yo querría volver al esplendor
de las horas henchidas del estío,
a las parvas y trillos de la infancia.
Otoño madurez, por no decir
que el tren de cercanías del invierno
se acerca a la estación final de etapa.
Se anticipa el ocaso cada día,
amanezco sin sol por la mañana
y temo la llegada de los fríos,
temblor inevitable de la nieve,
aguijones de hielos y la escarcha.
Vendrán pronto las nubes y la lluvia,
quizá ya esté lloviendo cuando oigáis
esta canción de amor y de nostalgia.
Estos días azules del otoño
respiran soledad y despedida,
aquí estamos viviendo los de siempre,
anclados en un puerto de rutinas.
Cambio de horario y todo sigue igual.
Qué ropa me pondré en este tiempo,
abrigo de entretiempo de mi padre,
que todo es entretiempo en esta vida,
interludio de luz entre dos noches.
Quedan aún algunas rosas pálidas
y el azul resplandor de la lobelia
en la paz otoñal de mi jardín.
La verde parra virgen enrojece,
es doncella de tres o cinco hojas,
que caerán al suelo entre la hierba.
Mas nada es desmesura en el otoño,
placidez del espíritu y del cuerpo,
que invita a la lectura sosegada
y al paseo sin prisa por las sendas
de este valle surcado de caminos.
La tarde se dilata en Campo Azálvaro
al ritmo de molinos y berceos,
hay caballos paciendo en la cañada
que antaño recorrieran las merinas.
Ayer yo era tan joven sin saberlo
y hoy sé que soy patriarca del otoño,
que apura la tibieza del jardín
como se apura el último rescoldo
del fuego de la vida y del amor.
Estos días azules del otoño,
avidez de la copa aún no vacía.
Alberto Martín Baró

2 comentarios:
hola yo estudie en coca con un chaval que se llamaba cipriano dorrego del espinar supongo que es tu hermano. un saludo
Pues sí, es mi hermano... de esto hace ya mucho tiempo eh!! jajaja
Saludos..
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